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Mitos y leyendas de Mendoza

La leyenda de una mujer que causó la admiración, y temor, de los hombres.

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Mitos y leyendas de Mendoza
La Chancalay. Portada del libro de Pedro Echague de la editorial Buena Vista.
Mitos y leyendas de Mendoza
Parque Talampaya. Foto gentileza Turismo La Rioja.
Mitos y leyendas de Mendoza
Parque Nacional Talampaya. Foto gentileza sitio oficial de turismo La Rioja.

Otra vez, al igual que en casi todas las historias de bandoleros, la realidad se confunde con la leyenda. Solo quedan de su existencia algunos testimonios dispersos de personajes de la época y unos pocos documentos. Sin embargo, aun hoy, cada año, cientos de peregrinos visitan su tumba en la localidad sanjuanina de Mogna.

Una flor del desierto

El investigador e historiador Marcos de Estrada nos ha dejado una rica descripción de Martina en su libro "Martina Chapanay, realidad y mito". Cuenta, basado en diversos testimonios de la época, que era de estatura mediana, fuerte, ágil, lozana y algo más alta que las mozas de su edad. De naturaleza fuerte y erguida, caminaba con pasos cortos, airosa y segura. Luego describe con detenimiento su rostro; era delgado, de tez delicadamente oscura y boca amplia de labios gruesos. Nariz mediana, recta y ligeramente aguileña. Pómulos salientes y ojos grandes, algo oblicuados y brillantes. Espesas pestañas, cejas pobladas y cabello negro, lacio, atusado a la altura de los hombros.

Se cree que nació alrededor del año 1800. Sería hija del último cacique huarpe y de una cautiva blanca. No tuvo hermanos y su madre murió cuando ella era muy pequeña. Creció casi sola y en medio de grandes privaciones. Quizás en defensa propia, fue que aprendió a manejar diestramente el cuchillo, a montar y a soportar las rudezas del desierto. Se dice que manejaba el lazo y las boleadoras con gran destreza y astucia. Su padre, al saberla inmanejable, la entregó a una mujer de la ciudad de San Juan para que la criara de otra manera. Sin embargo duró muy poco el rigor de la educación tradicional, luego de unos meses Martina escapó y fue libre para siempre.

Amores de lanza y cuchillo

Se transformó en una mujer brava que sabía hacerse respetar. Su carácter, nos cuenta Marcos de Estrada, en general era alegre y callado, aunque a veces se transformaba en irascible y violento. No le fatigaban los viajes ni el trabajo incesante, aguantaba sin quejas el frío, el calor o el sufrimiento físico. No se tiene certeza sobre los motivos que la llevaron a unirse a las montoneras de Facundo Quiroga, otro de los grandes caudillos del interior. Lo cierto es que combatió a su lado y que las tareas militares la llevaron a adoptar las ropas masculinas. "La Chancalay" también habría revistado en las filas del General San Martín como chasque. Se cuenta que su pareja murió en una de las tantas batallas.

Sus detractores de la época, entre los que se encontraba Faustino Sarmiento, luego presidente de la República, la calificaban despectivamente de "marimacho". Por sus actitudes y destrezas masculinas. Sin embargo, también afirmaban que cuando algún soldado enemigo le gustaba, lo retenía prisionero por unos días y luego lo liberaba.

Cuando conoció la noticia de que su jefe Facundo Quiroga, había sido asesinado en Barranca Yaco, decidió regresar a sus lagunas de Guanacache quizás buscando algo de paz. Lo que encontró habrá sido desolador. Los miembros de su tribu habían sido muertos por el blanco, muchos habían sido reclutados a la fuerza en los ejércitos y los pocos restantes escaparon a las sierras. Fue entonces que en 1835, Martina Chapanay se convirtió en bandolera temible que repartía el producto de sus robos entre los pobres como ella.

Sola con sus dos perros

Volvió a combatir con heroísmo en varias batallas, está vez, a la orden del caudillo sanjuanino Nazario Benavídez. Asesinado su jefe, Martina se convirtió nuevamente en bandolera. Más tarde combatió junto al caudillo "Chacho" Peñaloza hasta la muerte de aquél en 1858.

No existen certezas sobre su vida. Tampoco sobre su muerte. La versión romántica dice que murió muy viejita en 1887, frente a su laguna y acompañada por sus dos perros, El Oso y El Niñito. Cuentan, también, que sobre su tumba solo pusieron una laja blanca por que todo el mundo sabía quién estaba enterrada allí. Hoy la tumba de la india y bandolera en Mogna, San Juan, es visitada por cientos de peregrinos.

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